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Sobre la Liturgia de las Horas
Catequesis de Juan Pablo II sobre la oración de Laudes
Catequesis de Juan Pablo II sobre la oración de Vísperas
   
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Sobre la Liturgia de las Horas
Texto extraído de la presentación a la Liturgia de las Horas para los Fieles escrita por Pedro Farnés Scherer, Pbro. Versión litúrgica oficial. (bajar documento completo en formato PDF)

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I. LA LITURGIA DE LAS HORAS EN MANOS DE LOS FIELES

1. LA LITURGIA DE LAS HORAS, FUNCIÓN DE TODOS LOS BAUTIZADOS

La Liturgia de las Horas es la oración de la Iglesia que alabando a Dios e intercediendo por los hombres, prolonga en la tierra la función sacerdotal de Cristo. Ahora bien, la Iglesia la forman todos «aquellos hom­bres a los que Cristo ha hecho miembros de su Cuerpo, la Iglesia, mediante el sacramento del bautismo», no únicamente una parte de ellos; por consiguiente, la Liturgia de las Horas «pertenece a todo el cuerpo de la Iglesia», no sólo a los sacerdotes y religiosos contemplativos, como se ha venido pensando durante los últimos siglos. La capacitación para tomar parte en esta oración no es, por tanto, consecuencia del sacramento del orden ni de la profesión monástica, sino del bautismo y de la confirmación. La entrega del Padrenuestro a los catecúmenos, tal como se rea­liza en la iniciación cristiana de adultos, viene a ser como el rito expresivo de que todo bautizado recibe la misión de orar en nombre y como miembro de la Iglesia. Este libro que hoy ponemos en manos de los fieles quiere, pues, devolver la oración eclesial a sus verdaderos destinatarios, es decir, a todos los bau­tizados.

2. LOS LAICOS ABANDONAN PRONTO LA LITURGIA DE LAS HORAS 

Por diversos avatares de la historia, sobre todo cuando, a raíz del nacimiento de las lenguas vernáculas, el latín pasó a ser dominio exclusivo de los cléri­gos, los laicos fueran abandonando l participación en la oración común de la Iglesia, y el Oficio divino que­dó cada vez más en manos de sólo los clérigos y los monjes; con ello, aunque el Breviario continuó lla­mándose «oración de la Iglesia», en realidad, se con­virtió en plegaria exclusivamente monástica y cleri­cal. Y lo que al principio fue sólo práctica decadente - los laicos, de hecho, no participaban en la salmodia eclesial - se erigió después casi en principio doctri­nal: rezar el Oficio divino se presentó como compe­tencia exclusiva de los sacerdotes y monjes. A partir de esta visión, el rezo de la Liturgia de las Horas em­pezó a relacionarse, no con el bautismo, que nos incorpora a la Iglesia, sino con la ordenación o con la profesión monástica, que da únicamente una función determinada o consagra un carisma particular. Esta visión, ciertamente inadecuada, debe corregirse, y el Oficio divino debe volver a aparecer como la oración de todos los bautizados.

3. VER LA ORACIÓN LITÚRGICA COMO función PROPIA DE CLÉRIGOS Y MONJES HA PERDURADO HASTA NUESTROS DÍAS 

Ver la oración eclesial como función exclusiva de clérigos y monjes no ha sido simple fenómeno pasajero, sino que ha perdurado prácticamente hasta nuestros días. Por ello, no hay que extrañar demasiado las dificultades que se presentan al restituir su uso entre los fieles; ni el mismo Vaticano II logró erradicar totalmente esta limitada e inexacta visión. En efecto, casi en nuestros días (1947), Pío XII afirma aún en la encíclica Mediator Dei que «el Oficio divino es la oración del cuerpo místico de Cristo... cuando lo rezan los sacerdotes, los ministros de la Iglesia o los religiosos delegados por la misma Iglesia para esta función». Y el Vaticano II, a pesar de su renovada eclesiología, repite de nuevo los mismos conceptos al decir que «cuando los sacerdotes y todos aquellos que han sido destinados a esta función por institución de la Iglesia cumplen debidamente ese admirable canto de alabanza. - entonces es en verdad la voz de la misma Esposa que habla al Esposo». Es verdad que el Vaticano II empieza a abrir la oración eclesial a los laicos al afirmar que «cuando los fieles oran junto con el sacerdote» 5 también se realiza por medio de ellos la oración de la Iglesia; pero esta apertura a los simples bautizados es aún muy tímida, ya que el Concilio, para que se dé verdadera oración eclesial por parte de los laicos, pone como condición que éstos recen el Oficio conjuntamente con los sacerdotes; en el fondo, por tanto, persevera la visión de que la oración eclesial está más relacionada con la ordenación que con el bautismo, es más clerical que cristiana.

4. PRIMEROS PASOS EN EL RETORNO DE LA ORACIÓN DE LA IGLESIA A TODOS LOS FIELES

Un primer paso, que hoy puede parecer pequeño, pero que fue ya significativo, en la progresiva apertura de la oración eclesial al Conjunto de todos los bautizados, fue el motu proprio de Pablo VI Ecclesiae sanctae (1966). En este documento se recomienda a los miembros de los Institutos religiosos que adopten por lo menos las Horas principales de la Liturgia de las Horas y con ellas substituyan los antiguos Oficios parvos a los que estaban habituados. Así, dice el Papa, «participarán más plenamente en la vida litúrgica de la Iglesia». Estamos ciertamente aún muy lejos de que la oración litúrgica se abra a todos los bautizados, pero su rezo empieza ya a sobrepasar la antigua frontera de sólo los clérigos y monjes contemplativos.

5. LA CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA «LAUDIS CANTICUM» RESTITUYE A TODOS LOS BAUTIZADOS LA ORACIÓN LITÚRGICA, QUE POR PROPIA NATURALEZA LES PERTENECE 

Los progresivos pasos de apertura de la oración litúrgica a todos los bautizados, que tímidamente se inician con Pío XII y van avanzando con una mayor pujanza, se manifiestan en los documentos conciliares, y alcanzan finalmente su término definitivo en los dos documentos preliminares de la nueva Liturgia de las Horas, la Constitución apostólica Laudis canticum y los Principios y Normas generales de la Liturgia de las Horas. En ambos documentos se afirma sin equívocos que el Oficio divino corresponde a todos los bautizados. En efecto, la Constitución apostólica Laudis canticum afirma con toda claridad que la plegaria de las Horas es propia de todo el pueblo y que, precisamente por ser oración de todos los bautizados, «expresa la voz de la amada Esposa de Cristo, los deseos y votos de todo el pueblo cristiano». Esta es la razón, añade el Papa, por la que el rezo de las Horas en la reforma litúrgica «ha sido dispuesto y preparado de suerte que puedan participar en él no solamente los clérigos, sino también los religiosos y los mismos laicos» y por la que también su rezo se propone «a todos los fieles, incluso a aquellos que legalmente no están obligados a él. »

6. LA PARTICIPACIÓN DE TODOS LOS BAUTIZADOS EN EL OFICIO, SEGÚN LOS PRINCIPIOS Y NORMAS GENERALES DE LA LITURGIA DE LAS HORAS

El segundo documento al que nos hemos referido - los Principios y Normas generales de la Liturgia de las Horas -, y que viene a ser como un tratado teológico-normativo sobre la oración de la Iglesia, tiene un amplio capítulo referente al Sujeto de la oración eclesial. Pues bien, en este capítulo, al tratar del sujeto de la oración litúrgica, afirma con claridad meridiana que la Liturgia de las Horas es propia del conjunto de todos los fieles; se dice, en efecto, que «la Liturgia de las Horas, como las demás acciones litúrgicas, no es una acción privada, sino que pertenece a todo el cuerpo de la Iglesia, lo manifiesta e influye en él». «Por tanto, cuando los fieles son convocados y se reúnen para la Liturgia de las Horas, uniendo sus corazones y su voces, visibilizan a la Iglesia». Establecido este principio general, se pasa a describir la participación de cada uno de los grupos y personas - ministros, monjes, religiosos, asambleas de seglares -, sin olvidar ni siquiera la familia, de la que se afirma que «conviene que... recite algunas partes de la Liturgia de las Horas..., con lo que se sentirá más insertada en la Iglesia». También se alude a los que, no pudiendo unirse a una asamblea local, rezan en solitario el Oficio y, con esta oración solitaria, aunque físicamente dispersos por el mundo, logran, con todo, orar con «un solo corazón y una sola alma» y participar así de la oración común, seguramente porque a ellos les sería difícil acudir a la celebración comunitaria.

7. DIVERSIDAD DE FUNCIONES EN LA LITURGIA DE LAS HORAS 

Hasta aquí hemos subrayado que la oración de la Iglesia pertenece no sólo a los clérigos y monjes sino también a los seglares. Insistir hoy en esta realidad es necesario por una doble razón: porque han sido muchos los siglos durante los cuales los laicos han vivido totalmente al margen del Oficio divino, y porque la imagen de la Liturgia de las Horas como propia de sacerdotes y religiosos es la que persevera aún actualmente en muchos de los fieles, incluso en ambientes de laicos muy piadosos. 

Pero, establecido el principio de que la Liturgia de las Horas «pertenece a todo el cuerpo de la Iglesia», debemos preguntarnos aún si los laicos tienen, con respecto a la oración litúrgica, exactamente la misma función que los sacerdotes y monjes contemplativos, e incluso si es razonable presentar una edición de Liturgia de las Horas para los fieles cuando, en realidad, la Liturgia de las Horas es siempre para los fieles.

Para dar respuesta a estos interrogantes y mostrar mejor la naturaleza de la participación de los laicos en la Liturgia de las Horas, hay que empezar recordando que la Iglesia, primer sujeto de la oración litúrgica, es un cuerpo con diversidad de miembros. Aunque todos los fieles sean cuerpo de Cristo y lo sean con los mismos derechos y la misma dignidad, no todos, en cambio, tienen idénticas funciones. Y lo que acontece con el cuerpo de la Iglesia pasa también con la oración de la misma, que es como su respiración. Así como a la respiración del cuerpo contribuyen diversos órganos - pulmones, boca, nariz, etc.-, pero cada uno de ellos contribuye a la respiración común de forma propia y peculiar, así pasa también con la oración de la Iglesia: esta plegaria es tarea común de todos los bautizados, pero en ella algunos miembros participan de manera peculiar o con matices distintos. Porque una cosa es la pertenencia de la oración eclesial a todos los bautizados, otra las maneras o medios de que disponen cada uno de los fieles para participar en esta tarea común, y una tercera aún los medios con que la Iglesia cuenta para que nunca falle en ella la oración perseverante que le confió el Señor.

Son precisamente estos tres aspectos los que se exponen, con orden y claridad, en los Principios y Normas generales de la Liturgia de las Horas. Se empieza por el problema central: la oración eclesial como función propia de todos los bautizados; en segundo lugar se trata de las funciones peculiares de algunos miembros de la comunidad; finalmente, se alude a las maneras de las que se sirve la Iglesia para realizar el ideal de orar con perseverancia.

8. EL PAPEL DE LOS MINISTROS, DE LOS MONJES Y DE LOS LAICOS EN LA LITURGIA DE LAS HORAS 

En el apartado anterior hemos visto ya que en la oración eclesial se da diversidad de funciones. Veamos, pues, en concreto, cuáles sean éstas y a quiénes competa realizarlas. Ello clarificará el papel de los laicos - seglares y religiosos - en la oración litúrgica, que es lo que persigue principalmente esta Presentación.

Los Principios y Normas generales de la Liturgia de las Horas, después de haber afirmado que la oración litúrgica corresponde a todos los bautizados, pasa a tratar del papel de los ministros: a ellos, con respecto a la oración litúrgica, se les asignan tres funciones: la de convocar a la comunidad, la de presidir la plegaria y la de educar a los fieles en vistas a la oración. Como se comprende fácilmente, estas funciones son consecuencia de la ordenación, es decir, de la situación de los ministros en la Iglesia como «signos de Jesucristo». Porque Jesús es quien ha convocado a la Iglesia, comunidad orante -«iba a morir... para reunir a los hilos de Dios dispersos» -, por ello su ministro convoca a los fieles para la oración eclesial; porque es el mismo Señor quien preside la oración de su Iglesia -«donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»-, por ello el ministro de Jesús preside la oración de los cristianos; porque, finalmente, los ministros de la Iglesia son instrumentos de la presencia de Jesús, profeta y maestro de su pueblo, por ello a los ordenados también les compete, como función ministerial propia, educar a los fieles en la oración cristiana. Con esta presentación estamos, pues, muy lejos de aquella visión de los sacerdotes «orando en nombre de la Iglesia», como si ésta se desentendiera de la plegaria común. Obispos y presbíteros tienen, pues, una función muy propia con respecto a la oración litúrgica; pero esta función no los separa de la comunidad orante, sino que los injerta en la misma.

Junto a esta función ministerial de los obispos y presbíteros, aparece otra - de índole muy diversa - que la Iglesia confía por una parte a los monjes y por otra a los ministros, pero a estos últimos no en virtud de su ministerio, sino por una motivación externa: se trata de la misión de asegurar la perseverancia de la Iglesia en la oración. No resulta difícil a quien lee atentamente el nuevo Testamento advertir que la plegaria asidua es una de las características más propias de las enseñanzas de Jesús: «orar siempre sin desanimarse»», «ofrecer continuamente a Dios un sacrificio de alabanza» 2> y otras expresiones análogas se repiten sin cesar, tanto en el evangelio como en las cartas apostólicas. Ahora bien, que todos y cada uno de los fieles puedan dedicarse a la plegaria asidua resulta difícil; por ello, para que la Iglesia no cese en la oración continuada que le encomendó el Señor, se encarga a los monjes la plegaria insistente que al resto de los fieles les resultaría difícil. Se trata, pues, de un papel de suplencia: las comunidades de monjes y monjas «representan de modo especial a la Iglesia orante: reproducen más de lleno el modelo de la Iglesia, que alaba incesantemente al Señor con armoniosa voz, y cumplen con el deber de trabajar, principalmente con la oración, “en la edificación e incremento de todo el cuerpo místico de Cristo y por el bien de las Iglesias particulares". Lo cual ha de decirse principalmente de los que viven consagrados a la «vida contemplativa».

Una función parecida se encarga también a los obispos y presbíteros: «A los ministros sagrados se les confía de tal modo la Liturgia de las Horas que cada uno de ellos habrá de celebrarla incluso cuando no participe el pueblo..., pues la Iglesia los delega para la Liturgia de las Horas de forma que al menos ellos aseguren de modo constante el desempeño de lo que es función de toda la comunidad, y se mantenga en la Iglesia sin interrupción la oración de Cristo.»  Este texto es importante y merece ser subrayado. Es verdad que en él, como en la Mediator Dei y en la Constitución conciliar Sacrosantum Concilium, se habla de una delegación para la oración eclesial; pero, mientras en los primeros documentos se trataba de una delegación que capacitaba para «poder orar en nombre de la Iglesia», dando, por decirlo así, una especial dignidad en vistas a ejercer esta función, aquí se trata de una delegación para suplir a la comunidad y para asegurar que se mantendrá la oración eclesial, por lo menos, a través de algunos de los miembros de la comunidad.

Digamos aún que, con respecto a la misión de suplencia de los obispos y presbíteros, hay que subrayar que ésta no se deriva - como en el caso de convocar, presidir y educar en vistas a la plegaria - de la ordenación, sino de un encargo extrínseco que les hace la Iglesia. Por ello, a los diáconos casados, a pesar de haber recibido una verdadera función ministerial, no se les obliga a la recitación íntegra de la Liturgia de las Horas, que podría resultarles difícil por sus ocupaciones familiares.

Situado el papel de los monjes y de los ministros en el interior de una Iglesia toda ella orante -y no como grupo separado que ora aisladamente «en nombre de la Iglesia»-, se capta perfectamente el papel de los laicos con referencia a la oración litúrgica: los laicos, que son la mayoría del cuerpo eclesial, son los principales destinatarios de la oración litúrgica. Los ministros ordenados, en cambio, y los monjes rezan la Liturgia de las Horas en función de todos los fieles: los ministros, ejerciendo el servicio de «signos del Señor», que ora en la comunidad y preside la oración de los fieles; los monjes, como levadura de oración asidua, para que la Iglesia entera - repitámoslo una vez más, formada principalmente por laicos - fermente toda ella en oración y se convierta cada vez más en comunidad orante.

9. LA IGLESIA RECOMIENDA INSISTENTEMENTE A LOS LAICOS EL REZO DE LA LITURGIA DE LAS HORAS

Terminemos esta presentación de un libro destinado precisamente a la participación de los laicos - religiosos y seglares - en la oración de la Iglesia, recordando las recomendaciones concretas que hacen a los laicos los Principios y Normas generales de la Liturgia de las Halas. Con ello se verá, una vez más, que la Iglesia está muy lejos de ver la Liturgia de las Horas como función exclusiva de clérigos y monjes.

Más arriba hemos visto que ya en el lejano 1966 Pablo VI recomendaba en su motu propio Ecclesiae sanctae el rezo de la Liturgia de las Horas a los miembros de los Institutos laicales. En la Constitución apostólica Laudis canticum amplía el horizonte, recomendando el rezo del Oficio a todos los fieles, como hemos visto también; en esta misma línea, en los Principios y Normas generales de la Liturgia de las Horas se afirma que «cuando los fieles son convocados y se reúnen para la Liturgia de las Horas, uniendo sus corazones y sus voces, visibilizan a la Iglesia, que celebra el misterio de Cristo»; se recomienda a los laicos que «dondequiera que se reúnan... reciten el Oficio de la Iglesia, celebrando algunas partes de la Liturgia de las Horas»; se advierte la conveniencia de que «la familia, que es como un santuario doméstico dentro de la Iglesia, no sólo ore en común, sino que además lo haga recitando algunas partes de la Liturgia de las Horas»; finalmente, se exhorta a las comunidades religiosas no obligadas a la Liturgia de las Horas, y a cada uno de sus miembros, como también a los seglares, a que «celebren algunas partes de la Liturgia de las Horas, que es la oración de la Iglesia y hace de todos los que andan dispersos por el mundo un solo corazón y una sola alma».

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