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Sobre la Liturgia de las Horas
Catequesis de Juan Pablo II sobre la oración de Laudes
Catequesis de Juan Pablo II sobre la oración de Vísperas
   
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Sobre la Liturgia de las Horas
Texto extraído de la presentación a la Liturgia de las Horas para los Fieles escrita por Pedro Farnés Scherer, Pbro. Versión litúrgica oficial. (bajar documento completo en formato PDF)

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II. NATURALEZA DE LA ORACIÓN LITÚRGICA 

1. ORACIÓN PERSONAL Y ORACIÓN ECLESIAL 

El hecho de que en nuestros días los laicos se hayan reincorporado de nuevo a la oración de la Iglesia, como lo hacían los antiguos cristianos, y vuelvan a considerar la Liturgia de las Horas como algo que les pertenece por su misma condición de bautizados es uno de los aspectos más positivos de la actual renovación litúrgica. Pero este progreso, por importante que sea, constituye sólo un primer paso al que debe seguir otro de no menor importancia: el de una correcta comprensión e intensa vivencia espiritual de lo que constituye la identidad propia de la oración eclesial. Dicho de otro modo: al logro que significa que los fieles recen la Liturgia de las Horas, hay que añadir el de que entiendan que la oración de la Iglesia - la Liturgia de las Horas - es una plegaria de naturaleza diversa, que no se limita a ser una de tantas maneras posibles de orar, apenas distinta de lo que es la oración personal a no ser porque se reza en común o usando unos formularios propuestos por la Iglesia, sino que tiene una identidad propia y exclusiva.

Descubrir y vivir en qué consiste esta identidad propia de la oración eclesial es, sin duda, más difícil que el simple logro de haber adoptado el rezo de la Liturgia de las Horas. Han sido demasiados los siglos en que los fieles vivieron del todo ajenos a la oración litúrgica, para pretender que ahora, en poco tiempo, se capte con facilidad que, para los cristianos, «oración» no siempre es sinónimo de «trato íntimo con Dios», sino que en la Iglesia se da, además de la oración personal, otro modo de orar, de naturaleza distinta, que es la oración litúrgica. Si no se descubre esta realidad y si de ella no se hace vivencia espiritual, siempre resultará difícil incorporarse al genuino sentido y al verdadero espíritu de la Liturgia de las Horas. Quienes no sepan distinguir entre la naturaleza de la oración personal y la de la oración de la Iglesia inevitablemente toparán con dificultades insuperables para vivir como oración algunos de los textos - especialmente de los salmos - de la Liturgia de las Horas. Y no sabrán tampoco justificar el porqué la normativa litúrgica no admita determinados modos de orar - las preces espontáneas, por ejemplo - que, a primera vista, parecen ser oración en su sentido más auténtico, pero que, en realidad, sólo responden a la naturaleza de la oración personal, no a la de la plegaria litúrgica.

Para adentrarse en el espíritu de la oración litúrgica, para ahondar en el significado de muchos de sus textos y para captar hasta qué punto algunas de las disposiciones litúrgicas, lejos de ser meras arbitrariedades jurídicas que coartan la libertad, constituyen medios para manifestar la identidad propia de la oración litúrgica, lo primero que se impone es delimitar bien las fronteras que separan la oración personal de la oración litúrgica. Esta delimitación resulta tanto más importante cuanto que la mayoría de los fieles han sido educados, durante siglos y más siglos, sólo en el significado de la oración personal, desconociendo la entidad propia y la finalidad específica de la oración eclesial.

La oración personal consiste en el trato íntimo con Dios. Por ello este modo de orar resulta tanto más auténtico cuanto más espontáneamente brota del corazón. En el ámbito de esta oración personal, las fórmulas preexistentes pueden ser útiles, sin duda, para orientar la plegaria, pero nunca son elemento imprescindible ni mucho menos fundamental. Incluso - teóricamente por lo menos -, si el que ora sabe prescindir de toda fórmula de plegaria, su oración personal será más filial y ganará en autenticidad. 

2. LA ORACIÓN DE LA IGLESIA, ORACIÓN DE TODO EL PUEBLO DE DIOS 

La oración eclesial, en cambio, va por otros senderos. Su finalidad no es el coloquio personal de los participantes con su Dios, sino el diálogo de la Iglesia con su Esposo, del pueblo santo con el Padre que lo ha elegido, de la comunidad santificada por la sangre de Cristo con su Salvador. Y esta comunidad orante es únicamente la Iglesia en su sentido más pleno, es decir, la Iglesia universal, la única que merece el título de esposa «radiante, sin mancha ni arruga, ni nada parecido, sino santa e inmaculada». La asamblea local es sólo una presencia limitada de esta Iglesia de Jesús. Por ello la oración de la asamblea concreta  - o del bautizado que reza solo la Liturgia de las Horas - nunca se reduce ni a los sentimientos personales de los participantes ni a la simple adición de los votos individuales de los que participan en la oración de una asamblea concreta, sino que se trata siempre de la voz de todo el cuerpo de Cristo, de las alabanzas y de los votos de la Iglesia universal como tal. Porque, si bien es verdad que en toda asamblea cristiana - o incluso en el bautizado que reza en solitario la Liturgia de las Horas - está presente y ora la Iglesia universal, con todo esta oración, por ser la plegaria de la Iglesia como tal, sobrepasa los sentimientos y deseos de quienes físicamente participan en una celebración concreta y constituye la voz de todo el cuerpo de Cristo, de toda la Iglesia universal. Es por ello que la naturaleza de esta oración quedaría desfigurada si en el interior de lo que es la oración eclesial se introdujeran elementos que sólo responden a la oración personal, como serían las preces espontáneas de los participantes.

El hecho de que la oración litúrgica sobrepase los sentimientos y votos de los participantes concretos de una celebración logra, además, desvanecer una dificultad que surge con frecuencia entre los fieles, cuando advierten que, a veces, los sentimientos del propio corazón difieren de los que aparecen en los salmos, por ejemplo, cuando el que está triste topa con un salmo de júbilo o, por el contrario, el que está alegre se ve obligado a rezar un salmo de lamentación. Teniendo presente que los salmos, en el Oficio, se rezan, no a título privado, sino en nombre de toda la Iglesia - incluso en el caso de que alguien rece solo la Liturgia de las Horas -, siempre le resultará fácil al orante encontrar motivos de alegría o de tristeza, recordando las diversas circunstancias en que viven otros miembros de la Iglesia, realizando así en la oración el consejo del apóstol de «alegrarse con los que se alegran y llorar con los que lloran».

3. LA ORACIÓN DE LA IGLESIA, ORACIÓN DE CRISTO 

La oración litúrgica es la oración de toda la Iglesia. Ahora bien, a la Iglesia pertenecen no sólo los bautizados sino también -y muy por encima de ellos - el mismo Cristo. Él es la cabeza del cuerpo y su miembro más destacado. Por ello, cuando se habla de la oración de la Iglesia, la referencia a la oración del mismo Cristo debe ocupar el lugar principal. Es precisamente a esta oración de Cristo con su Iglesia, a la que, de modo singular, debe aplicarse la afirmación del Señor: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí, en medio de ellos, estoy yo.»           

La oración de la Iglesia aúna la oración de Cristo con la de aquellos hombres a los que él ha hecho miembros de su cuerpo mediante el bautismo. De esta participación de Cristo en la oración de la Iglesia se derivan dos consecuencias especialmente importantes para una mejor vivencia de la Liturgia de las Horas: el valor supremo de esta oración por encima de todo otro tipo de plegaria y el rico significado de algunas expresiones litúrgicas que, al margen de esta presencia de Cristo orante con la comunidad, difícilmente serían admisibles y, por el contrario, teniendo en cuenta esta presencia, resultan muy significativas.

En efecto, la oración eclesial tiene intrínsecamente un valor muy superior al que pudiera tener cualquier otro tipo de oración personal - aunque se trate de la oración de personas singularmente santas -, porque en esta oración, junto con las voces de los demás orantes y, sin duda, muy por encima de ellas, resuena siempre ante el Padre la voz del Hijo amado: Así lo recuerda la Constitución conciliar sobre la sagrada liturgia: «Cristo está presente en su Iglesia... cuando ella suplica y canta salmos.» No cabe, pues, la menor duda de que ninguna plegaria tiene tanto valor ante Dios como aquella en la que unimos nuestras voces a la del Hijo de Dios y hacemos que la oración del Hijo amado resuene por nuestros labios. Esta Oración litúrgica que como cabeza de la Iglesia y junto con los fieles Cristo eleva al Padre es siempre una plegaria infinitamente agradable a Dios. Y es precisamente a esta plegaria a la que nos incorporamos cuando rezamos la Liturgia de las Horas.

Pasemos al segundo aspecto, el de las dificultades que puede encontrar el que reza la Liturgia de las Horas ante determinadas expresiones litúrgicas, especialmente las que hacen referencia a las perfecciones del que acude a Dios. La insistencia en la justicia, la rectitud y la santidad del orante, que con tanta frecuencia hallamos en los salmos, aplicada a nuestra oración personal la convertiría en aquella plegaria del fariseo hipócrita condenada por el Señor, porque sólo sabía complacerse en sus cualidades». En cambio, teniendo presente la participación de Cristo en la oración de la Iglesia, estas mismas expresiones se iluminan y cobran gran sentido: nada, en efecto, resulta más oportuno en la oración que el que la voz de Jesús recuerde ante el Padre su santidad inconmensurable, para que Dios, complacido ante esta perfección de su Hijo, derrame sobre sus hermanos - la Iglesia, e incluso el mundo - la abundancia de sus bendiciones. Es, pues, en este sentido que la Iglesia, como voz de Cristo, hace ante el Padre memoria de las perfecciones del Hijo amado, para que Dios, complacido en ellas, bendiga a todos sus hermanos. Es en este sentido que la Iglesia dice, por ejemplo: «Camino en la inocencia; confiando en el Señor no me he desviado. Examíname, Señor, ponme a prueba, sondea mis entrañas y mi corazón, porque tengo ante los ojos tu bondad, y camino en tu verdad. No me siento con gente falsa, no me junto con mentirosos; detesto las bandas de malhechores, no tomo asiento con los impíos. Lavo en la inocencia mis manos. Y también: «Presta oído a mi súplica, que en mis labios no hay engaño: emane de ti la sentencia, miren tus ojos la rectitud. Aunque sondees mi corazón, visitándolo de noche, aunque me pruebes al fuego, no encontrarás malicia en mí. Mi boca no ha faltado como suelen los hombres; según tus mandatos yo me he mantenido en la senda establecida. Mis pies estuvieron firmes en tus caminos, y no vacilaron mis pasos.» Expresiones como éstas la Iglesia se complace en repetirlas unida siempre a Cristo. Y el Padre del cielo las escucha, sin duda, como la mejor oración salida de la humanidad, en la que ve incluido al Hijo de su amor. «El mayor don que Dios podía conceder a los hombres - nos dice san Agustín - es hacer que aquel que es su Palabra se convirtiera en cabeza de los hombres, de manera que el Hijo de Dios fuera también hijo de los hombres... para que así el Hijo esté unido a nosotros de tal forma que, cuando ruega el cuerpo del Hijo - es decir, la comunidad de los fieles - lo hace unido al que es su cabeza.. - de este modo Jesucristo, Hijo de Dios, ora en nosotros como cabeza nuestra. Reconozcamos, pues, nuestra propia voz en la suya y su propia voz en la nuestra.»

Con razón afirman, pues, los Principios y Normas generales de la Liturgia de las Horas que «en Cristo radica la dignidad de la oración cristiana, al participar ésta de la misma piedad para con el Padre y de la misma oración que el Unigénito expresó con palabras en su vida terrena, y que es continuada ahora incesantemente por la Iglesia y por sus miembros en representación de todo el género humano y para su salvación.»

4. LA ORACIÓN PERSONAL DEL CRISTIANO, RELACIONADA E INCORPORADA A LA DE LA IGLESIA 

Oración de la Iglesia y oración personal, aunque no se identifiquen, como acabamos de ver, tienen, con todo, una mutua e íntima relación. La oración privada del cristiano viene a ser, por decirlo de alguna manera, el «camino hacia» y el «instrumento para» incorporarse mejor a la oración litúrgica. En efecto, unirse a la oración de Cristo y hacer de los propios labios instrumento de la plegaria del Hijo amado es un cometido que sobrepasa las posibilidades naturales del hombre. Por ello precisamente, el cristiano, llamado a esta sublime oración, debe hacerse digno de la misma a través de una oración personal asidua; sólo así logrará tener, cuando participe en la oración de la Iglesia, «los mismos sentimientos que Cristo Jesús», el principal Orante de la asamblea cristiana. Ya Pío XII recordaba en su encíclica Mediator Dei esta íntima relación entre oración personal y Oración litúrgica, cuando afirmaba que «en la vida espiritual no puede haber oposición o repugnancia entre la oración privada y la oración pública». La oración eclesial es la cumbre a la que debe tender la oración personal del cristiano, pues, como plegaria de la Esposa de Cristo, tiene siempre un valor inconmensurablemente mayor, y no cabe para el cristiano oración más sublime que ésta; por otra parte, la riqueza de la oración litúrgica es la mejor fuente en la que puede beber la oración privada para que incluso ésta vaya adquiriendo progresivamente aquella actitud filial propia del Hijo y que de él se deriva hacia los que somos también «hijos de adopción».

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