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De la catequesis del Papa sobre los
Salmos y Cánticos de Vísperas

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Ap 4, 11; 5, 9-10. 12
HIMNO A DIOS CREADOR

Juan Pablo II
Miércoles 3 de noviembre de 2004

1. El cántico que nos acaban de proponer marca la liturgia de las Vísperas con la sencillez y la intensidad de una alabanza coral. Pertenece a la solemne visión inicial del Apocalipsis, que presenta una especie de liturgia celestial a la que también nosotros, todavía peregrinos en la tierra, nos asociamos durante nuestras celebraciones eclesiales.

El himno, compuesto por algunos versículos tomados del Apocalipsis y unificados por el uso litúrgico, está construido sobre dos elementos fundamentales. El primero, esbozado brevemente, es la celebración de la obra del Señor: "Tú has creado el universo, por tu voluntad lo que no existía fue creado" (Ap 4, 11). En efecto, la creación revela el inmenso poder de Dios. Como dice el libro de la Sabiduría, "de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sb 13, 5). De igual modo, el apóstol san Pablo afirma: "Lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras" (Rm 1, 20). Por eso, es necesario elevar el canto de alabanza al Creador para celebrar su gloria.

2. En este contexto puede ser interesante recordar que el emperador Domiciano, bajo cuyo reinado se compuso tal vez el Apocalipsis, se hacía llamar con los títulos "Dominus et deus noster" y exigía que únicamente se dirigieran a él de esa manera (cf. Suetonio, Domiciano, XIII).

Como es obvio, los cristianos se negaban a tributar a una criatura humana, por más poderosa que fuera, esos títulos y sólo dirigían sus aclamaciones de adoración al verdadero "Señor y Dios nuestro", creador del universo (cf. Ap 4, 11) y a Aquel que, juntamente con Dios, es "el primero y el último" (cf. Ap 1, 17), el que está sentado con Dios, su Padre, en el trono celestial (cf. Ap 3, 21): Cristo, muerto y resucitado, simbólicamente representado aquí como un "Cordero de pie", aunque "degollado" (Ap 5, 6).

3. Este es, precisamente, el segundo elemento, ampliamente desarrollado, del himno que estamos comentando: Cristo, Cordero inmolado. Los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos lo ensalzan con un canto que comienza con la aclamación: "Eres digno, Señor, de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado" (Ap 5, 9).

Así pues, en el centro de la alabanza se encuentra Cristo con su obra histórica de redención. Precisamente por eso él es capaz de descifrar el sentido de la historia: es él quien "abre los sellos" (Ap 5, 9) del libro secreto que contiene el proyecto querido por Dios.

4. Pero su obra no consiste sólo en una interpretación, sino que es también un acto de cumplimiento y de liberación. Dado que ha sido "degollado", ha podido "comprar" (Ap 5, 9) a hombres que proceden de toda raza, lengua, pueblo y nación.

El verbo griego que se utiliza no remite explícitamente a la historia del Éxodo, en la que no se habla nunca de "comprar" a los israelitas, pero la continuación de la frase contiene una alusión evidente a la célebre promesa hecha por Dios al Israel del Sinaí: "Vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa" (Ex 19, 6).

5. Ahora esa promesa se ha hecho realidad: el Cordero ha constituido, de hecho, para Dios "un reino de sacerdotes y reinan sobre la tierra" (Ap 5, 10), y este reino está abierto a la humanidad entera, llamada a formar la comunidad de los hijos de Dios, como recordará san Pedro: "Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable" (1 P 2, 9).

El concilio Vaticano II hace referencia explícita a estos textos de la primera carta de san Pedro y del libro del Apocalipsis, cuando, presentando el "sacerdocio común" que pertenece a todos los fieles, explica las modalidades con las que lo ejercen: "Los fieles, en cambio, participan en la celebración de la Eucaristía en virtud de su sacerdocio real y lo ejercen al recibir los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras" (Lumen gentium, 10).

6. El himno del libro del Apocalipsis que meditamos hoy se concluye con una aclamación final pronunciada por "miríadas de miríadas" de ángeles (cf. Ap 5, 11). Se refiere al "Cordero degollado", al que se atribuye la misma gloria destinada a Dios Padre, porque "es digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría y la fuerza" (Ap 5, 12). Es el momento de la contemplación pura, de la alabanza gozosa, del canto de amor a Cristo en su misterio pascual.

Esta luminosa imagen de la gloria celestial es anticipada en la liturgia de la Iglesia. En efecto, como recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, la liturgia es "acción" de Cristo total ("Christus totus"). Los que la celebran aquí, viven ya de algún modo, más allá de los signos, en la liturgia celestial, donde la celebración es totalmente comunión y fiesta. El Espíritu y la Iglesia nos hacen participar en esta liturgia eterna cuando celebramos, en los sacramentos, el misterio de la salvación (cf. nn. 1136 y 1139).