Imprimir esta página

Los malos pastores: aseglarados, no aman, como esposa su breviario
Santa Catarina de Siena
, Doctor de la Iglesia
El Diálogo, CXXX.

"¡Oh hija queridísima! Estos miserables de los que he hablado no tienen para consigo mismos ninguna consideración. Si la tuviesen, no caerían en tantos vicios, sino que vivirían como los que viven virtuosamente, que prefieren la, muerte antes que ofenderme y manchar su alma o disminuir la dignidad en que yo los he puesto, sino que aumentan la dignidad y belleza de sus almas. No que la dignidad del sacerdote en sí pueda crecer por la virtud o menguar por algún pecado, como te he dicho. Pero las virtudes son un adorno y una dignidad para el alma encima de la belleza que el alma tiene desde su principio, cuando yo la creé a imagen y semejanza mía. Los que así viven, conocen la verdad de mi bondad, su belleza y dignidad, porque la soberbia y el amor propio no los han ofuscado ni quitado la luz de la razón. Por no tener este amor propio, me aman a mí y desean la salud de las almas. Pero estos desgraciados, privados totalmente de la luz, van de vicio en vicio tranquilamente, hasta que caigan en el hoyo.

Del templo de su alma y de la santa Iglesia, que es un jardín han hecho establo de animales. ¡Oh carísima hija! ¡ Cuán abominable es en mi presencia que sus casas, que deberían ser hospedaje de mis siervos y de los pobres, tener en ellas como esposa a su breviario, y por hijos los libros de la santa Escritura, y deleitarse en ellos para exhortar a su prójimo a emprender una santa vida, las hayan convertido en guarida de personas inmundas y malvadas !

Su esposa no es el breviario. Más bien trata a esta esposa del breviario como a adúltera. Es un demonio en cuerpo de mujer la que inmundamente vive con él. Sus libros los constituyen la manada de sus hijos, y sin ninguna vergüenza se deleita con los hijos que ha tenido con tanta deshonestidad y maldad.

Las pascuas y días solemnes, en los que debería dar gloria y alabanza a mi Nombre con el Oficio divino y ofrecerme el incienso de humildes y devotas acciones, los pasa en el juego y entretenimiento con estas criaturas del demonio y se divierte con los seglares cazando, como si fuese un seglar más o un señor de corte.

¡ Oh hombre miserable, a qué estado has llegado ! Lo que tú debes cazar son las almas para gloria y alabanza de mi Nombre y estar en el jardín de la santa Iglesia, y no andar de caza por los bosques. Pero te has hecho bestia ; dentro de ti tienes los animales de muchos pecados mortales. Por esto eres cazador de bestias y el huerto de tu alma está lleno de maleza y de espinas, porque has tomado el gusto de ir por lugares desiertos buscando las bestias salvajes. Avergüénzate y considera tus pecados. Motivo tienes para avergonzarte a cualquier parte que te vuelvas. Pero tú no te avergüenzas, porque has perdido el santo y verdadero temor de mí. Como la mujer pública, que ha perdido el pudor, te vanagloriarás de tener inmejorable posición en el mundo, de tener mucha familia y muchos hijos.

Y, si no los tienes, procuras tenerlos para que sean tus herederos. Eres salteador y ladrón, porque tú sabes perfectamente que no les puedes dejar tus bienes; tus herederos son los pobres y la santa Iglesia.

i Oh demonio encarnado, espíritu sin luz ! Buscas lo que no debes buscar. Te precias y vanaglorias de lo que debería ser para ti motivo de confusión y de vergüenza delante de mí, que veo lo más íntimo de tu corazón, y delante de las criaturas. Estás ciego en verdad, y los cuernos de tu soberbia no te permiten ver tu misma ceguera.

i Oh queridísima hija ! Yo te he puesto sobre el puente de la doctrina de mi verdad para que os sirviera a vosotros, peregrinos, y os administrara los sacramentos de la santa Iglesia, mas él permanece en el río miserable debajo del puente y en el río de los placeres y miserias del mundo. Allí ejerce su ministerio, sin percatarse de que le llega la ola que le arrastra a la muerte y se va con los demonios, señores suyos, a los que ha servido y de los que se ha dejado guiar, sin recato alguno, por el camino del río. Si no se enmienda, llegará a la condenación eterna, con tan gran reprensión y reproche, que tu lengua no sería capaz de referirlo. Y él, por su oficio de sacerdote, mucho más que cualquier otro seglar. Por donde una misma culpa es más castigada en él que en otro que hubiera permanecido en el mundo. Y en el momento de la muerte, sus enemigos le acusarán más terriblemente, como te he dicho."  

Volver